El viento, saturado de olor a hojas podridas y tierra húmeda, caminaba por las laderas de la montaña. El otoño esparció sus colores con mano generosa: tonos carmesí, dorados y ocres cubrían los árboles como un traje festivo. Los abetos y los pinos, oscuros y majestuosos, se alzaban orgullosos sobre esta alfombra multicolor, como guardianes de antiguos secretos. Abajo, en el valle, un río fluía como una cinta de una serpiente sinuosa, sus aguas parecían más oscuras y frías enmarcadas por orillas brillantes. El aire era limpio y fresco, el sol, ya habiendo perdido su calor estival, brillaba suavemente, resaltando la belleza del atuendo otoñal. En este silencio, interrumpido únicamente por el susurro de las hojas que caían y el murmullo del agua, se podía sentir la belleza especial y conmovedora de la naturaleza que se aleja, preparándose para el sueño invernal.
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Moscow
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